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MI PRÍNCIPE INGLÉS
Autor: María Estraviz Pardo
Categoría: 14-15 años
Premio: 1º
El catorce de abril de 1986 fue el décimo cumpleaños de mi sobrino Pablo y celebró una gran fiesta a la que invitó a toda la familia y a bastantes niños de su clase.
Estuve muy pendiente de mi hija Candela, que tenía casi cinco años, porque aún no se había recuperado del todo de una gripe.
Observé que desde el principio de la fiesta no paró de mirar a un niño un poco tímido que permaneció sentado mientras que el resto corría y jugaba. Yo supongo que le llamó la atención su cara pues tan sólo habría visto a uno o a dos niños así.
Después de decirme que aquel niño era muy guapo y que todos los demás eran igual de tontos que el primo Nacho, se fue a merendar a su lado. Aquello me intrigó y la vigilé desde mi mesa con el resto de las madres.
Yo sabía que mi niña era muy tímida y por eso no me extraño que, en vez de saludar al niño y hablar o jugar con él, simplemente se quedase a su lado mirándole descaradamente, aún era muy pequeña para saber disimular.
Cuando volví a echarles un vistazo, los demás niños ya se habían ido a jugar y sólo quedaban ellos dos en la mesa. Vi como Lela le sonreía y empezaba a hablarle y entonces preste más atención para escuchar lo que decía.
Él le contestó con unos ruiditos, lo que me hizo pensar que la niña se asustaría. Pero en vez de asustarse le sonrió más, ajena a su incapacidad para hablar, y le entregó el lazo que llevaba en el pelo, que yo sabía que era su favorito. El niño supo apreciar su regalo y acercándose a ella le dio un beso que le dejó muy sorprendida.
Me enterneció verla así, y casi llegué a las lágrimas cuando se acercó a decirme que se acababa de casar con un niño alemán. Yo le pregunté por qué sabía que era alemán si el niño no le había dicho nada y ella me dijo que Babel, mi hija mayor, le había dicho que los alemanes tenían la cara distinta y ella nunca había visto a un niño con la cara más rara que aquel.
Le dije que lo que pasaba era que aquel niñito tenía síndrome de Down y ella, inocente e ignorante, me dijo contentísima que aunque no conocía aquella ciudad le parecía inglesa y que era mucho mejor que fuese inglés porque, como lo estudiaba en el colegio, muy pronto iba a poder hablar con él.
Como era ya muy tarde nos fuimos de la fiesta. A Candela no le hizo ninguna gracia tener que marcharse, pero le dio tanta vergüenza hablar con él, que tan solo se despidió con la mano.
Recuerdo que al llegar a casa no quiso cenar, pues a la muy granuja de repente le volvió a doler muchísimo la garganta y entonces la acosté directamente. La
metí en la cama, le di un beso de buenas noches y, a pesar de que se quedó profundamente dormida al momento, me quedé un buen rato observándola.
Al día siguiente por la mañana me contó que por la noche su príncipe inglés había ido a recogerla en un dragón con alas, sonriendo con aquella sonrisa tan grande que tenía aquel pequeño y la había llevado a su palacio.
Hoy, veinte años después mi hija ha dado a luz a un precioso niño, otro "Príncipe Inglés" como decía ella.
Este niño ha cumplido parte de aquel sueño de su infancia, pues podrá permanecer el resto de su vida con él como deseó hacer con aquel niño veinte años atrás.
Está vez ya no he sido capaz de contener las lágrimas al ver la gran sonrisa de mi nieto en los brazos de su madre, completamente feliz por el gran regalo que ha sido su nacimiento.
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