Hace poco tiempo, el diario The Economist resaltaba en un artículo la recuperación del interés por los clásicos en la edición y en la enseñanza; edición, eso sí, más de traducciones que de textos en su lengua original porque si una lengua no se sabe difícilmente pueden entenderse sus mensajes. Las consecuencias de esta obviedad trata de ser contrarrestada con fuerza por todos los docentes de lenguas más o menos vivas, pero eso del latín y el griego, parece cosa diferente; algo curioso, cuando menos, porque la poesía de Homero, por poner un ejemplo, ha sobrevivido al menos a dos hundimientos totales de civilizaciones: primero, el que hubo entre los antiguos rapsodas y el periodo clásico griego, varios siglos después; segundo, el posterior a la disolución del imperio romano. Ningún escritor en inglés -ni en francés ni en alemán- ha tenido aún que pasar la prueba de sobrevivir a un solo desastre semejante. Si el caso de Homero -autor de la epopeya literaria más antigua- sirve de indicio, los clásicos perdurarán.
El diagnóstico que se hacía en al artículo de The Economist encontraba las causas de ese interés en la sintonía entre los temas clásicos y las preocupaciones del presente; así, en las obras de los poetas épicos (Homero, Virgilio) y de los trágicos (Esquilo, Sófocles) destacan dos temas que no hace mucho estaban pasados de moda y hoy vuelven a ser intensamente tópicos: qué significa ser un héroe o la influencia del azar en la historia. Abundando en el argumento, el helenista Rodríguez Adrados ha dicho: "el día en que temas como el de la solidaridad (…) o el poder o la venganza o el valor o el honor o el amor no sean ya humanos, dejarán de ser actuales Homero o Sófocles o Virgilio".
La realidad se encarga de demostrar la certeza de estos planteamientos. Aunque nos limitemos sólo al campo del cine, un reciente estudio revela que "la Antigüedad greco-romana ha estado presente desde el comienzo de la historia del cine en más de 400 películas": demasiado para considerar "muertas" las realidades que plantean. Por otro lado, la frecuencia de filmes de esta amplia temática aumenta a lo largo de los años; si consideramos El cantor de Jazz (1927) como la primera película sonora, la estadística nos llevaría a una producción de un tercio de película al año, pero basta repasar las producciones más conocidas de los últimos ocho o diez años para comprobar ese aumento: Hércules (Disney, 1997), Titus (Julie Taymur, 1999), Gladiator (Ridley Scott, 2000), Julius Caesar (Uli Edel, 2002), Troya (Wolfgang Petersen, 2004), El rey Arturo (Antoine Fuqua, 2004), Alexander (Oliver Stone, 2005).
Un caso curioso se observa en la atención prestada a la Ilíada de Homero y, en particular, al episodio de la caída de Troya, presente en el cine desde prácticamente sus inicios hasta la más reciente actualidad: en un polo, La caduta di Troia (Giovanni Pastrone y L. R. Borgnetto, 1910); en otro, Troya (Wolfgang Petersen, 2004). Quizá este hecho tenga que ver con lo que destacaba The Economist como tópicos que suscitan de nuevo interés: qué es en realidad un héroe o cómo influye el azar en la historia. Hoy me quedo sólo con el primero, quizá porque su tratamiento en Troya es uno de los aspectos que más llaman la atención.
En general, la palabra héroe designaba en la epopeya antigua a un guerrero de coraje y fuerza extraordinarias, nacido de un dios y un mortal, que se distinguía de los demás por sus cualidades superiores, ya fueran intelectuales, físicas o morales: más que un mortal pero menos que un dios. Para plasmar todo esto en una cinta y ser fiel -al menos en la esencia- a la obra de la que la trama se toma prestada, hay que situarse en esas coordenadas, y saber que los dioses están muchas veces lejos de la perfección.
Desde luego, no puede negarse la superioridad de Aquiles en valor, manejo de las armas, capacidad de arenga de sus tropas o firmeza en algunas de sus decisiones, aunque éstas no fueran las adecuadas. El héroe de Petersen, sin embargo, "hace aguas" en otros aspectos que, desde otros puntos de vista, lo harían más digno de encomio; ¿las causas? El tratamiento del guionista no es el apropiado y la debilidad del film se pone en evidencia en la medida en que se aleja de Homero. La cinta carga un poco la mano en el deseo reiterado de Aquiles de una memoria gloriosa e inmortal, casi como bien absoluto y por encima de todo lo demás; hasta en el combate singular con Héctor para vengar la muerte de su amigo -que no primo- Patroclo, el 'aquíleo' Brad Pitt insiste en que nada ni nadie le arrebatará la gloria. El mismo argumento sirve a Aquiles para motivar a sus tropas; el héroe se ve a sí mismo como nacido "para aniquilar vidas".
Estos aspectos quedan realzados -voluntaria o involuntariamente- si se tienen en cuenta el comportamiento y las palabras de otros personajes. Por ejemplo, Héctor o su padre Príamo, frente a los repetidos deseos de gloria de su contrincante, se apoyan más en otros modos de actuación y otros fines, también ante sus tropas: "honra a tu padre, quiere a tu mujer, defiende a tus hijos". Especialmente conmovedor es el encuentro de Príamo y Aquiles cuando el padre va a pedir el cadáver de su hijo Héctor, brutalmente tratado por Aquiles, para que pueda recibir las debidas honras fúnebres: Príamo, con un acto de valor elogiado por el propio Aquiles llega hasta el campamento griego y espeta a Aquiles con un "incluso los enemigos pueden mostrar respeto"; ahí la dureza del héroe se desarma un poco para dejar paso a una reacción más noble. El viejo rey de Troya dirá varias veces a los griegos "no conocéis el honor". En definitiva, la condición del héroe ha sido rebajada en pro de lo 'humano', entendido como no-divino: como falta de grandeza en muchos sentidos y muestra de una vulnerabilidad impropia de un héroe.
Con todo, el aspecto más distorsionado del film es la supresión de un elemento fundamental en el original homérico como es el aparato divino: mientras que el director de la cinta retrata el desprecio que Aquiles siente por los dioses cuando llega a Troya y destruye sus estatuas, no se ven las apariciones de Tetis para aconsejar a su hijo, ni la actuación del dios río para intentar detener la carnicería de troyanos que Aquiles está llevando a cabo, ni una muestra de la decisión de Zeus a favor de Aquiles frente a Héctor, ni las entradas en escena de Apolo, Hera, o Atenea, ni … ¿Dudaría Petersen de que un público actual podría entender eso? Lo ignoro, pero en cualquier caso, es una 'amputación' que desvirtúa en buena medida la fuente original, amputación sin la que precisamente no se puede entender el conjunto de la epopeya homérica. Se da así la curiosa paradoja de que quizá para hacer más 'entendible' algo se le quitan las claves que facilitarían su comprensión: ¡lástima!