CIUDADANÍA
Por Concepción Cabrillana, Profesora de la Universidad de Santiago de Compostela
Artículo publicado en el diario El Progreso el 14.11.2007
Mucho se oye hablar de educación y ciudadanía. Cosa buena que haya preocupación por enseñar lo que es la ciudadanía: "comportamiento propio de un buen ciudadano", según el Diccionario de la Academia. Y se habla de "buen" ciudadano, que no de ciudadano a secas, porque para ser "natural o vecino de una ciudad" no hay nada que enseñar ni nada que aprender: o se es o no se es. Ahora bien, ser buen ciudadano ya es otra cosa. Y esa cosa, ese "oficio" de ciudadano puede en parte aprenderse en el aula: interés por los asuntos públicos, conocimiento de las prácticas democráticas, consideración del valor de las disposiciones legales, etc. Pero a ser ciudadano cabal se aprende, sobre todo, del entorno y en el entorno; porque la formación cívica está estrechamente relacionada con la adquisición de virtudes éticas e intelectuales y de "virtudes de la
dependencia reconocida" como señala MacIntyre: solidaridad, generosidad, mutua comprensión, agradecimiento, respeto, justicia, alegría, cuidado de los discapacitados y enfermos... ¿No querríamos ciudadanos así?
Una persona se integrará mejor en una comunidad si allí se practica lo que apunta a lo bueno y lo mejor, si es un grupo donde se valora a cada uno por sí mismo, si tiene una finalidad de mejora ética y social. Quizá uno de los mejores entornos para todo esto sea el más próximo, el de la familia: ¿quién puede practicar la solidaridad, la generosidad, la comprensión y tantos otros valores si no ha visto cómo se viven? Ahí queda lo que ha dicho Juanes a propósito del título que le ha puesto a su último disco: "La vida... es un ratico": es la frase que decía su madre cuando su familia pasaba por dificultades. Por eso los adultos tenemos una responsabilidad especial en la construcción de una buena sociedad; de esa sociedad pequeña que es la familia y, por extensión y a partir de ahí, de todo el resto. Ojalá no sea verdad aquello que decía Corts Grau: que a la juventud se la tolera, se la seduce, se la imita... pero no se le enseña, no se le ayuda, no se le exige, no se le responsabiliza porque no se le quiere de verdad.
Estos comportamientos, por otra parte, por esencia y por definición, no pueden quedar en lo privado, no pueden dejar de reflejarse; ese afán que hay a veces de relegar cualquier manifestación moral a lo íntimo me parece una falacia, un enfoque cobarde y burgués. Cuando alguien imponga lo contrario estará cayendo en totalitarismo; y será buen ciudadano el que no se pliegue a eso: porque es propio del buen ciudadano no someterse a unas normas que impliquen comportamientos intrínsecamente incorrectos. ¿O alguien vería bien no oponerse, por ejemplo, a que los pederastas campen por sus respetos?
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