IDEOLOGÍA DE GÉNERO
Si damos una mirada a los últimos siglos de nuestra historia, comprobamos que el
movimiento feminista ha cambiado profundamente nuestra convivencia, tanto en la
familia como en la sociedad. Estos cambios parecían, al principio, justos y
necesarios; más tarde, se los ha caracterizado -con creciente preocupación- como
dañinos y exagerados; y, en la actualidad, son (y quieren ser) plenamente
destructivos.
Se puede decir que hay tres grandes etapas, en las que se desarrolla el proceso
de "liberación" de la mujer. Estas tres etapas muestran un cierto desarrollo
cronológico de ideas y hechos, en Occidente. Sin embargo, no están estrictamente
separadas en la realidad, sino que se encuentran intercaladas y mezcladas en
muchos países. Vivimos en sociedades multiculturales, en las que se pueden
observar simultáneamente los fenómenos más contradictorios.
Vamos a ver, muy brevemente, el desarrollo del movimiento feminista, sin
detenernos en muchos detalles.
EL DESARROLLO DEL MOVIMIENTO FEMINISTA
Se puede descubrir inquietudes feministas en todos los siglos. Pero, el
movimiento feminista propiamente dicho empezó, según muchos historiadores, hacia
finales del siglo XVIII, en los tiempos de la Revolución Francesa.
1. Los movimientos en favor de los derechos de la mujer
Entonces, las mujeres reclamaron sus derechos a estudiar, a
votar y a participar en la vida pública. Sus luchas tenían varios logros y
muchas recaídas. Pero al final, hacia principios del siglo XX, las mujeres
consiguieron lo que querían: fueron admitidas, de modo oficial, en la enseñanza
superior y en las universidades, y alcanzaron la igualdad política -al menos
según la ley- en todos los países del continente europeo. A continuación,
se puede observar un cierto "período de calma".
2. El feminismo radical
A partir de la mitad del mismo siglo XX, una parte de las feministas ya no
aspiraban simplemente a una equiparación de derechos jurídicos y sociales
entre el varón y la mujer, sino a una igualdad funcional de los sexos. Comenzaron
a exigir la eliminación del tradicional reparto de papeles entre varón y mujer, y
a rechazar la maternidad, el matrimonio y la familia. Se basan fuertemente en
Simone de Beauvoir (1908 - 1986; filósofa existencialista, compañera de Jean
Paul Sartre); su obra "Le Deuxième Sexe" (El otro sexo, 1949) fue un éxito
mundial. Beauvoir previene contra la "trampa de la maternidad", que sería
utilizada en forma egoísta por los varones para privar a sus esposas de su
independencia. En consecuencia, una mujer moderna debería liberarse de las
"ataduras de su naturaleza" y de las funciones maternales. Se recomiendan, por
ejemplo, relaciones lesbianas, la práctica del aborto y el traspaso de la
educación de los hijos a la sociedad. Shulamith Firestone (una de las seguidoras
de Beauvoir) dice claramente: "El embarazo es una atrocidad."
En las décadas siguientes, otras feministas descubrieron que el deseo de "ser
como el varón" manifiesta un cierto complejo de inferioridad y lleva, además, con
frecuencia, a tensiones y frustraciones. Ensalzaron, por tanto, el otro extremo:
para llegar a la plena realización, la mujer no tiene que comportarse como el
varón, sino que ha de ser completamente femenina, "plenamente mujer". En adelante,
ya no se veía en la equiparación de la mujer con la naturaleza, con el cuerpo,
con la emoción y la sensualidad un prejuicio masculino condenable. Al contrario,
todo lo emocional, vital y sensual fue estimado como una esperanza para un futuro
mejor. Se celebró la "nueva feminidad" y la "nueva maternidad" como funciones
meramente biológicas. Y se sostuvo que las mujeres deberían liberar la tierra, y
lo harán, porque viven en mayor armonía con la naturaleza.
Se puede ver en este fenómeno una reacción a los esfuerzos extraordinarios, que
ha exigido una emancipación concebida únicamente como un amoldarse a valores
considerados como masculinos. Después de que la racionalidad y el ansia de poder
"masculinos" han llevado a la humanidad al borde del abismo ecológico y al peligro
de una destrucción nuclear -así se dice-, ha llegado el tiempo de la mujer. La
salvación sólo puede esperarse de lo ilógico y de lo emocional, de lo suave y lo
tierno, tal y como lo personifica la mujer.
Es obvio, que estas tesis también impiden a la mujer el pleno desarrollo propio.
Aparte de considerarla, otra vez, como carente de inteligencia, se la idealiza,
incluso se la glorifica, como si fuera un animal sano y santo. Se trata de un
desprecio grande que se refiere, por una parte, al varón y, por la otra, a la
misma mujer "liberada", todo esto envuelto en un misticismo, que no ayuda a
nadie en la vida cotidiana.
LA TEORÍA POSTFEMINISTA DE GENDER
Mientras perduran estas discusiones, hemos llegado a una situación
completamente nueva. La actual meta ya no consiste únicamente en emanciparse
del predominio masculino, ni tampoco se expresa solamente en liberarse de las
funciones concretas femeninas y maternales: esto se ha querido conseguir -como
hemos visto- a través de dos vías contrarias: reprimiéndolas o exagerándolas
hasta llegar a pretensiones irreales.
1. Rechazo de la naturaleza
Hoy se intenta realizar un paso todavía mucho más radical: se pretende
eliminar la misma naturaleza, cambiar el propio cuerpo, llamado cyborg:
el neologismo se forma a partir de las palabras inglesas cyber(netics)
organism (organismo cibernético), y se utiliza para designar un individuo
medio orgánico y medio mecánico, generalmente con el afán de mejorar -a
través de modernas tecnologías- las capacidades de su organismo. Es evidente
que, de este modo, el "feminismo" (en sentido propio) está llegando a su fin,
porque la liberación deseada comprende indiscriminadamente tanto a mujeres como
a varones.
Mientras muchas mujeres pretenden nuevamente deshacerse -con más ímpetu que
nunca- del matrimonio y de la maternidad, los medios de comunicación nos
cuentan los sueños fantásticos de unos varones, que quieren disponerse a
intervenciones quirúrgicas (implantarse un útero, etc.) para poder hacer la
experiencia de dar a luz.
En consecuencia, algunos prefieren hablar de género (gender) en vez de sexo.
No se trata sólo de un cambio de palabras. Detrás de esta modificación
terminológica está la ideología posfeminista de gender que se divulga a partir
de la década del sesenta del siglo pasado. Según esta ideología, la masculinidad
y la feminidad no estarían determinadas fundamentalmente por la biología, sino
más bien por la cultura. Mientras el término sexo hace referencia a la naturaleza
e implica dos posibilidades (varón y mujer), el término género proviene del
campo de la lingüística donde se aprecian tres variaciones: masculino, femenino
y neutro. Por lo tanto, las diferencias entre el varón y la mujer no
corresponderían a una naturaleza "dada", sino que serían meras construcciones
culturales "hechas" según los roles y estereotipos que en cada sociedad se
asignan a los sexos ("roles socialmente construidos").
Estas mismas ideas se encuentran resumidas en la llamada "Teoría Queer", que
destacadas feministas norteamericanas -como Judith Butler , Jane Flax o Donna
Hareway - difunden con éxito por todo el mundo. El nombre de la teoría proviene
del adjetivo inglés queer (= raro, anómalo), que fue utilizado durante algún
tiempo como eufemismo para nombrar a las personas homosexuales. La "Teoría Queer"
rechaza la clasificación de los individuos en categorías universales como
"varón" o "mujer", "heterosexual" o "homosexual", y sostiene que todas las
llamadas "identidades sociales" (no sexuales) sean igualmente anómalas.
Algunos apoyan la existencia de cuatro, cinco o seis géneros según diversas
consideraciones: heterosexual masculino, heterosexual femenino, homosexual,
lesbiana, bisexual e indiferenciado. De este modo, la masculinidad y la
feminidad -a nivel físico y psíquico- no aparecen en modo alguno como los únicos
derivados naturales de la dicotomía sexual biológica. Cualquier actividad sexual
resultaría justificable.
La "heterosexualidad", lejos de ser "obligatoria", no significaría más que uno de
los casos posibles de práctica sexual. Ni siquiera tendría porqué ser preferido
para la procreación. Y como la identidad genérica (el gender) podría adaptarse
indefinidamente a nuevos y diferentes propósitos, correspondería a cada individuo
elegir libremente el tipo de género al que le gustaría pertenecer, en las
diversas situaciones y etapas de su vida.
Para llegar a una aceptación universal de estas ideas, los promotores del
feminismo radical de género intentan conseguir un gradual cambio en la cultura,
la llamada "de-construcción" de la sociedad, empezando con la familia y la
educación de los hijos. Utilizan un lenguaje ambiguo que hace parecer razonables
los nuevos presupuestos éticos. La meta consiste en "re-construir" un mundo
nuevo y arbitrario que incluye, junto al masculino y al femenino, también otros
géneros en el modo de configurar la vida humana y las relaciones interpersonales.
2. Raíces ideológicas
Tales pretensiones han encontrado un ambiente favorable en la antropología
individualista del neoliberalismo radical. Se apoyan, por un lado, en diversas
teorías marxistas y estructuralistas, y por el otro, en los postulados de
algunos representantes de la "revolución sexual", como Wilhelm Reich (1897-1957)
y Herbert Marcuse (1898-1979) que invitaban a experimentar todo tipo de
situaciones sexuales. También Virginia Woolf (1882-1941), con su obra "Orlando"
(1928), puede considerarse un precedente influyente: el protagonista de aquella
novela es un joven caballero del siglo XVI, que vive, cambiando de sexo,
múltiples aventuras amorosas durante varios cientos de años.
Más directamente aún, se ve el influjo de la ya mencionada francesa Simone de
Beauvoir que -sin poder ser plenamente consciente del alcance de sus
palabras- anunció ya en 1949 su conocido aforismo: "¡No naces mujer, te
hacen mujer!," más tarde completado por la lógica conclusión: "¡No se nace
varón, te hacen varón! Tampoco la condición de varón es una realidad dada desde
un principio."
Como los protagonistas de la ideología de género sabían estimular
convenientemente el morbo del gran público, no es sorprendente que los
medios de comunicación pronto comenzaran a informar -con abundantes
detalles- sobre los acontecimientos más curiosos. Así, por ejemplo, podíamos
enterarnos de que Roberta Close, elegida como "la mujer más guapa de nuestro
planeta" en los años ochenta del siglo pasado, ha nacido como Luis Roberto
Gambino Moreira, en Brasil. Y prácticamente en todo el mundo se conoce el
rostro transexual y sintético, que ha conseguido tener el popstar Michael
Jackson a través de múltiples intervenciones quirúrgicas. ¡"My body is my art"!
("Mi cuerpo es mi arte"), es una de las tesis que utilizan los propagandistas
de la ideología de género, considerando al cuerpo como lugar de libre
experimentación.
Las consecuencias de estas teorías se pueden apreciar claramente en múltiples
ámbitos de nuestra existencia, por ejemplo, en la política y en la medicina,
en la psicología y, de modo especialmente destructivo, en la educación. ¿Qué
pensar de esto? ¿Puede aceptarse que no exista ninguna naturaleza "dada", que
todo sea expresión de nuestra libre voluntad, y que incluso la biología no
sea más que cultura? Claro que no.
Para comprender lo que pasa, para comprender el daño tan profundo que se hace
a la persona, conviene que profundicemos, en un primer paso, en el sentido de
la sexualidad humana. Después, podemos criticar la teoría de género en concreto.
HACIA UNA COMPRENSIÓN DE LA SEXUALIDAD HUMANA
La sexualidad humana, en el fondo, es un gran misterio. Es un misterio,
porque hace referencia a una voluntad inefable de Dios. Al crear al hombre
como varón y mujer Dios quiso que el ser humano se expresase de dos modos
distintos y complementarios, igualmente bellos y valiosos.
1. Salir de sí mismo
Ciertamente, Dios ama tanto a la mujer como al varón, y llama a ambos hacia la
plenitud. Pero, ¿por qué les ha hecho diferentes? La procreación no puede ser
la única razón, ya que ésa sería también posible de forma partenogenética o bien
asexual, o por otras posibilidades como las que se pueden encontrar, en gran
diversidad, en el reino animal. Estas formas alternativas son al menos
imaginables y darían testimonio de una cierta autosuficiencia, tal como lo
pretende la ideología de género.
La sexualidad humana, en cambio, significa una clara disposición hacia el otro.
Manifiesta que la plenitud humana reside precisamente en la relación, en el
ser-para-el-otro. Impulsa a salir de sí mismo, buscar al otro y alegrarse en
su presencia. Es como el sello del Dios del Amor en la estructura misma de la
naturaleza humana. Aunque cada persona es querida por Dios "por sí misma" y
llamada a una plenitud individual, no puede alcanzarla sino en comunión con
otros. Está hecha para dar y recibir amor. De esto nos habla la condición sexual
que tiene un inmenso valor en sí misma. Ambos sexos están llamados por el mismo
Dios a actuar y vivir conjuntamente. Esa es su vocación.
Se puede incluso afirmar que Dios no ha creado al hombre varón y mujer para
que engendre nuevos seres humanos, sino que, justo al revés, el hombre tiene
la capacidad de engendrar para perpetuar la imagen divina que él mismo refleja
en su condición sexuada.
Tanto el varón como la mujer son capaces de cubrir una necesidad fundamental
del otro. En su mutua relación uno hace al otro descubrirse y realizarse en
su propia condición sexuada. Uno hace al otro consciente de ser llamado a la
comunión y capaz para entregarse al otro, en mutua subordinación amorosa. Ambos,
desde perspectivas distintas, llegan a la propia felicidad sirviendo a la
felicidad del otro.
2. Una decisión contraria a la naturaleza
Sin embargo, la prensa internacional nos informa que, hace algún tiempo, se ha
inventado un nuevo modelo de vida, que no radica en la recíproca
complementariedad entre el varón y la mujer. No me refiere al llamado
"matrimonio gay", sino a un ulterior desarrollo, que no contempla ninguna
relación a otro, sea masculino o femenino. En los Países Bajos, ha surgido
el llamado "matrimonio single", celebrado formalmente, por primera vez, hace
cuatro años.
En mayo de 2003, Jennifer Hoes, una estudiante de 30 años, se ha casado consigo
misma. ¡La mujer de su vida es ella misma! La ceremonia del enlace tuvo lugar
en el antiguo municipio de Haarlem, y en presencia de toda la familia y un
nutrido grupo de amigos. Ante un notario bien preparado, Jennifer juró amarse,
respetarse y honrarse hasta el fin de su vida -en días buenos y malos-, mientras
que algunas de sus sobrinas le lanzaban flores y la orquesta tocaba música de boda.
La novia explicó: "Vivimos en una sociedad egoísta. ¿A quién puedo jurar
fidelidad sino a mí misma?" Podríamos preguntar a Jennifer (con un poco
de malicia): y si encontraras algún día el hombre de tu vida, ¿tendrías que
divorciarte?
En efecto, con el invento del "matrimonio single", el rechazo de la propia
naturaleza ha alcanzado un límite difícilmente superable. Pero si no aceptamos
lo que somos, es prácticamente imposible desarrollarnos cabalmente. El hombre
está hecho para salir de sí mismo.
Se ha hablado de una "recíproca complementariedad" entre los sexos. Sin
embargo, sabemos desde nuestras experiencias primarias que no se trata
necesariamente de la relación entre un único varón y una única mujer. (La
relación conyugal es sólo el ejemplo paradigmático que expresa muy claramente
que el hombre está llamado a la comunión.)
La reciprocidad se expresa en múltiples situaciones diversas de la vida, en una
pluralidad policroma de relaciones interpersonales, como las de la maternidad,
la paternidad, la filiación y fraternidad, la colegialidad y amistad y tantas
otras, que afectan contemporáneamente a cada persona. Algunos destacan, por
tanto, que se trata de una "reciprocidad asimétrica".
UNA REFLEXIÓN CRÍTICA SOBRE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO
Con un mínimo de experiencia y de sentido común, es fácil detectar que la
ideología de género no puede ser un camino hacia la autorrealización y la
felicidad. En efecto, reactiva -sin decirlo y, quizás, incluso sin quererlo-
la vieja equivocación del maniqueísmo, porque se muestra hostil al cuerpo al
que no acepta y manipula profunda y arbitrariamente. Es evidente que no todo
es naturaleza, ni todo es cultura. Pero si el hombre no acepta su
corporeidad -con todo lo que implica-, entonces no se acepta a sí mismo
y terminará en un desequilibrio emocional, psíquico y espiritual, como
veremos a continuación.
1. La necesidad de aceptar la propia corporeidad
Hace algún tiempo, la prensa internacional recordó un terrible experimento
médico de los años setenta, que ha fracasado completamente. En aquel entonces,
el psiquíatra americano John Money pretendió demostrar la teoría de que el sexo
depende más que nada de la forma en que una persona es educada. Sus "conejillos"
fueron los gemelos Bruce y Brian Reimer. Como Bruce había tenido un accidente
después de nacer, el doctor Money aprovechó la ocasión para transformar su
cuerpo -a través de una cirugía plástica- en un cuerpo aparentemente femenino. A
la vez dijo a los padres que debían criar al bebé como si fuera una nena y
mantener todo el episodio en estricto secreto. Bruce pasó a ser Brenda; su
hermano Brian sirvió de sujeto control.
Aunque los padres siguieron las instrucciones del médico al pie de la letra, las
cosas no marchaban como estaba previsto: a Brenda no le gustaban las faldas, no
era bien aceptada en la escuela, y pronto manifestó "tendencias lesbianas", a
pesar de las hormonas que le obligaron tomar. Cuando tuvo trece años, su padre
no vio más remedio que confesarle lo que había ocurrido. Entonces, Brenda
decidió someterse a otro proceso quirúrgico y vivir como chico. Se llamó David
en adelante; recordó las frecuentes sesiones terapéuticas con Money durante toda
su vida como una tortura, que le habían provocado heridas profundas y siempre
abiertas. En 2004, se suicidó.
Se trata de un ejemplo emblemático: la naturaleza reclama sus derechos. En cierto
sentido, el hombre es verdaderamente su cuerpo. No se reduce a poseerlo o
habitarlo. Existe en el mundo no solamente "a través de su cuerpo" (Merleau-Ponty),
sino "siendo su cuerpo" (Congar). Por su constitución intrínseca, es su cuerpo y,
a la vez, lo sobrepasa.
En la persona humana, el sexo y el género -el fundamento biológico y la expresión
cultural-, ciertamente, no son idénticos, pero tampoco son completamente
independientes. Para llegar a establecer una relación correcta entre ambos,
conviene considerar previamente el proceso en el que se forma la identidad
como varón o mujer. Los especialistas señalan tres aspectos de este proceso
que, en el caso normal, se entrelazan armónicamente: el sexo biológico, el sexo
psicológico y el sexo social.
El sexo biológico describe la corporeidad de una persona. Se suelen distinguir
diversos factores. El "sexo genético" (o "cromosómico") -determinado por los
cromosomas XX en la mujer, o XY en el varón- se establece en el momento de la
fecundación y se traduce en el "sexo gonadal" que es responsable de la actividad
hormonal. El "sexo gonadal", a su vez, influye sobre el "sexo somático"
(o "fenotípico") que determina la estructura de los órganos reproductores
internos y externos.
Conviene considerar el hecho de que estas bases biológicas intervienen
profundamente en todo el organismo, de modo que, por ejemplo, cada célula
de un cuerpo femenino es distinta a cada célula de un cuerpo masculino. La
ciencia médica indica incluso diferencias estructurales y funcionales entre un
cerebro masculino y otro femenino.
El sexo psicológico se refiere a las vivencias psíquicas de una persona como
varón o como mujer. Consiste, en concreto, en la conciencia de pertenecer a un
determinado sexo. Esta conciencia se forma, en un primer momento, alrededor de
los 2 o 3 años y suele coincidir con el sexo biológico. Puede estar afectada
hondamente por la educación y el ambiente en el que se mueve el niño.
El sexo sociológico (o civil) es el sexo asignado a una persona en el momento
del nacimiento. Expresa cómo es percibida por las personas a su alrededor. Señala
la actuación específica de un varón o de una mujer. En general, se le entiende
como el resultado de procesos histórico-culturales. Se refiere a las funciones
y roles (y los estereotipos) que en cada sociedad se asignan a los diversos
grupos de personas.
Estos tres aspectos no deben entenderse como aislados unos de otros. Por el
contrario, se integran en un proceso más amplio que consiste en la formación
de la propia identidad. Una persona adquiere progresivamente, durante la
infancia y la adolescencia, la conciencia de ser "ella misma". Descubre su
identidad y, dentro de ella, cada vez más hondamente, la dimensión sexual del
propio ser. Adquiere gradualmente una identidad sexual (se da cuenta de los
factores biopsíquicos del propio sexo, y de la diferencia respecto al otro
sexo) y una identidad genérica (descubre los factores psícosociales y
culturales del papel que las mujeres o varones desempeñan en la sociedad). En
un correcto y armónico proceso de integración, ambas dimensiones se corresponden
y complementan.
Una consideración especial merecen los estados intersexuales (los llamados
intersexos) ya que algunos argumentan que la existencia de personas transexuales
y hermafroditas demostraría que no hay solamente dos sexos. Pero los estados
intersexuales significan anomalías con características clínicas variadas; suelen
ocurrir en una etapa muy precoz del desarrollo embrionario. Se definen por la
existencia de contradicción de uno o más de los criterios que definen el sexo.
Es decir, las personas transexuales disponen de una patología en alguno de los
puntos de la cadena biológica que conduce a la diferenciación sexual. Sufren
alteraciones en el desarrollo normal del sexo biológico y, en consecuencia,
también del sexo psícosocial. En vez de utilizarlas como propaganda para
conseguir la "deconstrucción" de las bases de la familia y de la sociedad,
conviene mostrarles respeto y darles un tratamiento médico adecuado.
Hay que distinguir la identidad sexual (varón o mujer) de la orientación
sexual (heterosexualidad, homosexualidad, bisexualidad). Se entiende como
orientación sexual comúnmente la preferencia sexual que se establece en la
adolescencia coincidiendo con la época en que se completa el desarrollo
cerebral. Tiene una base biológica y es configurada, además, por otros
factores como la educación, la cultura y las experiencias propias. Aunque
los números varían según las diversas investigaciones, se puede decir que la
inmensa mayoría de las personas humanas son heterosexuales.
Otra cosa todavía distinta es la conducta sexual. En el caso normal, designa
el propio comportamiento elegido, puesto que hay un margen muy amplio de
libertad en el modo en que tanto la mujer como el varón pueden conducir su
sexualidad.
2. La importancia de reconocer las diferencias sexuales
Afirmar que los sexos se distinguen, no significa discriminación, sino todo lo
contrario. Si exigimos la igualdad como condición previa para la justicia
cometemos un grave error. La mujer no es un varón de calidad inferior, las
diferencias no expresan minusvalía. Antes bien, debemos conseguir la
equivalencia de lo diferente. La capacidad de reconocer diferencias es la
regla que indica el grado de inteligencia y de cultura de un ser humano. Según
un antiguo proverbio chino, "la sabiduría comienza perdonándole al prójimo el
ser diferente." No es una armonía uniforme, sino una tensión sana entre los
respectivos polos, la que hace interesante la vida y la enriquece.
Por supuesto, no existe el varón o la mujer por antonomasia, pero sí se
diferencian en la distribución de ciertas facultades. Aunque no se pueda
constatar ningún rasgo psicológico o espiritual atribuible a uno solo de
los sexos, hay características que se presentan con una frecuencia especial
y de manera pronunciada en los varones, y otras en las mujeres. Es una tarea
sumamente difícil distinguir en este campo. Quizá nunca será posible decidir
con exactitud científica lo que es "típicamente masculino" y aquello que es
"típicamente femenino", pues la naturaleza y la cultura, los dos grandes
moldeadores, están entrelazadas desde el principio muy estrechamente. Pero
el hecho de que varón y mujer experimenten el mundo de forma diferente,
solucionen tareas de manera distinta, sientan, planeen y reaccionen de un
modo desigual, es algo que cualquiera puede percibir y reconocer, sin necesidad
de ninguna ciencia.
3. El desafío de decubrir los propios talentos
El varón y la mujer no se distinguen por supuesto a nivel de sus cualidades
intelectuales o morales, pero sí en un aspecto mucho más fundamental y
ontológico: en la posibilidad de ser padre o madre. Es esta indiscutiblemente
la última razón de la diferencia entre los sexos. Sin embargo, no podemos
reducir la maternidad al terreno fisiológico. Numerosos pensadores, a lo largo
de los tiempos, recuerdan la maternidad espiritual, concepto que tiene muy
poca o ninguna relación con lo sumamente suave, lo sentimental y delicado que
se ensalza en la literatura ecológica.
La auténtica maternidad espiritual puede indicar proximidad a las personas,
realismo, intuición, sensibilidad frente a las necesidades psíquicas de los
demás, y también mucha fuerza interior. Indica una cierta capacidad especial
de la mujer para mostrar el amor de un modo concreto, un talento especial para
reconocer y destacar al individuo dentro de la masa.
Conviene recordar que los valores femeninos son valores humanos. Tenemos que
distinguir entre "mujer" y los valores que parecen ser más propios a ella, y
"varón" y los valores que parecen ser más propios a él. Es decir, cada persona
puede y debe desarrollar también los llamados talentos del sexo opuesto aunque,
de ordinario, le puede costar un poco más. Por ejemplo, una mujer madura y
realizada, no sólo es tierna y comprensiva; también es fuerte y valiente. Y
un varón maduro no sólo es valiente, también es comprensivo y humilde, acogedor.
Por otro lado, donde hay un especial talento femenino debe haber también un
correspondiente talento masculino. ¿Cuál es la fuerza específica del varón?
Éste tiene por naturaleza una mayor distancia respecto a la vida concreta. Se
encuentra siempre "fuera" del proceso de la gestación y del nacimiento, y sólo
puede tener parte en ellos a través de su mujer. Precisamente esa mayor
distancia le puede facilitar una acción más serena para proteger la vida,
y asegurar su futuro. Puede conducirle a ser un verdadero padre, no sólo en
la dimensión física, sino también en sentido espiritual; a ser un amigo
imperturbable, seguro y de confianza. Pero puede llevarle también, por otro
lado, a un cierto desinterés por las cosas concretas y cotidianas, lo que,
desgraciadamente, se ha favorecido, en épocas pasadas, por una educación
unilateral.
Aparte del sexo existen, sin duda, otros muchos factores responsables de
la estructura de nuestra personalidad. Cada uno tiene su propia manera
irrepetible de ser varón o mujer. En consecuencia, es una tarea importante
descubrir la propia individualidad, con sus posibilidades y sus límites, sus
puntos fuertes y débiles. Cada persona tiene una misión original en este mundo.
Está llamada a hacer algo grande de su vida, y sólo lo conseguirá si cumple una
tarea previa: vivir en paz con la propia naturaleza.
Hay una profunda unidad entre las dimensiones corporales, psíquicas y
espirituales en la persona humana, una interdependencia entre lo biológico y
lo cultural. La actuación tiene una base en la naturaleza y no puede
desvincularse completamente de ella.
1. Naturaleza "y" cultura
La cultura, a su vez, tiene que dar una respuesta adecuada a la naturaleza.
No debe ser un obstáculo al progreso de un grupo de personas. En este sentido,
el Papa Juan Pablo II ha exhortado a los varones a participar "en el gran
proceso de liberación de la mujer". Es indudable que la incorporación de
la mujer al mercado laboral es un avance que, ciertamente, crea nuevos retos
para ambos sexos.
El término gender puede aceptarse como una expresión humana y por tanto libre
que se basa en una identidad sexual biológica, masculina o femenina. Es
adecuado para describir los aspectos culturales que rodean a la construcción
de las funciones del varón y de la mujer en el contexto social.
Sin embargo, no todas las funciones significan algo construido a voluntad;
algunas tienen una mayor raigambre biológica. Por tanto -dice Juan Pablo II-,
"puede también apreciarse que la presencia de una cierta diversidad de roles
en modo alguno es mala para las mujeres, con tal de que esta diversidad no sea
resultado de una imposición arbitraria, sino más bien expresión de lo que es
específicamente masculino o femenino."
2. La importancia de la familia
Si es cierto que las mujeres no se muestran únicamente como esposas y madres,
muchas sí son esposas y madres, o quieren serlo, y hay que crear las
posibilidades para que puedan serlo con dignidad. La mujer con una actividad
profesional externa no debe ser declarada el único ideal de la independencia
femenina, a pesar de todo el respeto que merecen sus intenciones nobles.
La familia, ciertamente, no es una tarea exclusiva de la mujer. Pero aún cuando
el varón muestre su responsabilidad y compagine adecuadamente sus tareas
profesionales y familiares, no se puede negar que la mujer juega un papel
sumamente importante en el hogar. La específica contribución que aporta allí,
debe tenerse plenamente en cuenta en la legislación y debe ser también
justamente remunerada, bajo el punto de vista económico y sociopolítico. La
colaboración para elaborar esta legislación deberá considerarse mundialmente
no sólo como derecho, sino también como deber de la mujer.
NOTA FINAL
El desarrollo de una sociedad depende del empleo de todos los recursos humanos.
Por tanto, mujeres y varones deben participar en todas las esferas de la vida
pública y privada. Los intentos que procuran conseguir esta meta justa a niveles
de gobierno político, empresarial, cultural, social y familiar, pueden
abordarse bajo el concepto de "perspectiva de género (gender mainstreaming)",
si esta igualdad incluye el derecho a ser diferentes.
Jutta Burggraf
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