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El reparto de la herencia de un sencillo molinero no dejó a su benjamín más que el
gato del granero. Decepcionado, el hijo consideró comérselo para no morir de hambre, pero
el gato resultó estar lleno de recursos, y le dijo:
«No debéis afligiros, mi señor, no
tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales,
y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.»
El hijo del molinero no pensó
mucho en ello pero decidió seguirle la corriente. El gato, galantemente calzado, con la bolsa
atada al cuello, se encaminó inmediatamente a una conejera cercana y cazó un conejo. Así puso
su gran plan en marcha, yendo al palacio y presentando su caza al rey:
«He aquí, Majestad,
un conejo de campo que el Señor Marqués de Carabás (que es el nombre que se le ocurrió dar
a su amo) me ha encargado ofrecerle de su parte».
Con el regalo de un par de perdices y otros
obsequios, siempre de parte del Marqués de Carabás, el gato con botas estuvo pronto en
disposición de saber cuándo el rey y su hermosa hija pasearían por la ribera del río:
«Si sigues mi consejo podrás hacer fortuna —le dijo el gato a su amo—; no tienes más que meterte en el río
en el lugar que yo te indique y después dejarme actuar.»
Así siguió el famoso momento, el giro en la fábula, en la que el gato gritaba
«¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Que se
ahoga el Marqués de Carabás!»
De esta forma el hijo del molinero, en cueros,
fue envuelto en ropajes regios
y subido al coche de caballos del propio rey, revelándose la fábula con el aplomo
y divertido ingenio característicos de Perrault.
El gato se adelantó entonces a la comitiva real y se dirigió a las tierras de un poderoso ogro. A los
campesinos que estaban trabajando en ellas les dijo: «Buena gente que estáis cosechando, si no decís
que todos estos campos pertenecen al Marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.»
Cuando
el carruaje del rey pasó junto a los campesinos y Su Majestad preguntó quién era el dueño de aquellas
tierras, todos ellos respondieron:
«Son del señor Marqués de Carabás».
Mientras tanto el gato llegó al palacio del ogro y pidió audiencia. Los guardias, desconcertados por
la aperiencia del gato parlante, abrieron la puerta inmediatamente y le llevaron ante su señor. Cuando
estuvieron sentados, el gato le dijo:
«Me han asegurado que vos teníais el don de convertiros en cualquier
clase de animal; que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.»
Halagado, el ogro le dijo
que era cierto, y se transformó en el acto en un rugiente león para demostrar sus habilidades. El gato le
retó entonces a transformarse en un animal muy pequeño, «en un ratón, en una rata». Ansioso por impresionar
a su invitado, el ogro respondió convirtiéndose en ratón, pero tan pronto como lo hizo el gato lo tomó por
la cola y se lo tragó entero.
Entonces reclamó el palacio del ogro como hogar para el recién nombrado Marqués y recibió al rey con
su hija. Al final el Marqués consigue a la princesa, y
«el gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió
tras los ratones sino para divertirse.»
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